miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA CONFESIÓN

                  LA  CONFESION

¡Ave María Purísima! -
Sin pecado concebida

 Cuando la vi allí, a través de la celosía del confesionario, con su cara de niña buena, sus negros ojos, sus voluptuosos labios, y esa mirada tan llena de insinuaciones con la que ya me había cruzado más de una vez en la iglesia, supe que aquel día iba a tener muy difícil no caer en la tentación. Aun así, intenté mantener la compostura.

- Cuéntame hija -
 ¡ Padre!, confieso que he pecado mucho.

 - ¿De pensamiento? ¿De palabra?
 - Si padre… de pensamiento… y de acción

- ¿Qué has hecho, hija mía?

- Padre… le amo… le deseo, no puedo dejar de pensar en usted, en imaginar su cuerpo musculoso y sudoroso bajo esa sotana. No puedo dejar de imaginarme como sería estar con usted, besarle, morderle, arañarle… No he podido evitar acariciarme una y mil veces imaginando que es usted, sus manos, su boca, la que busca mis entrañas, la que apaga el fuego de mi sexo húmedo y ardiente.

- ¿Pero qué dices? ¿Yo soy un cura? ¿Tu no comprendes lo que estas diciendo?

- Si Padre, lo se. Se que he pecado y aceptaré su castigo, lo que usted me imponga, para purgar mis pecados

 - Ciertamente has de ser castigada por tu soberbia. Por fijarte en un siervo del Señor. Por tu lujuria y tu lascivia. Ciertamente has de ser castigada, si, y no con una simple oración, sino de manera más contundente.

 - Será lo que usted diga y como usted diga, Padre. - Pues que así sea. Ve a la sacristía y espérame en el cuarto de los trastos viejo. Tiene cerrojo por dentro, enciérrate allí y no abras a nadie que no sea yo.

 - Amén padre.


Mientras caminaba hacia la sacristía, no pude evitar fijarme una vez más en aquella mujer. Se llamaba Mamen y tenía un cuerpo que, pese a no ser ya una niña, guardaba todavía el mensaje de un intenso fuego en su interior.


 Morena, alta, delgada, con una hermosa melena negra que le caía sobre los hombros y la espalda. Unas piernas largas y firmes. Ese día llevaba un vestido azul de vuelo, por encima de las rodillas, y zapatos negros de tacón, que no hacía sino realzar aun más su provocador trasero. Viéndola caminar hacia la sacristía, no pude evitar sentir como mi sexo reaccionaba bajo mi sotana y empezaba a tener una fuerte erección.


 Despaché rápidamente a las tres o cuatro beatas que, cada tarde, acudían a confesarse a mi iglesia, y presa de una extraña mezcla de sentimientos (deseo, lujuria, indignación y cierto grado de culpa), avancé rápidamente hacia la sacristía.

 Al entrar allí, efectivamente no había nadie. Intenté abrir la puerta del almacén donde guardabamos las viejas imagines desportilladas, los bancos desvencijados de la iglesia, y todo aquello que, inservible ya, acababa en aquel sucio cuarto, y vi que la puerta estaba cerrada por dentro. “Bien”, me dije. Era una mujer obediente.

 Llamé a la puerta y le dije que me abriera, que era yo. Oí como se descorría el cerrojo, pero la puerta no se abrió, así que, tras un instante de duda, empujé la puerta y entré. Al principio, la penumbra, apenas vencida por la luz que entraba por un ventanuco que daba a la parte posterior de la iglesia y que, tras muchos años de no ser siquiera tocado por nadie, tenia tal cantidad de polvo que no dejaba ver nada del exterior (y afortunadamente tampoco desde el exterior al interior), puede ver a Mamen.

 Estaba de rodillas, en el suelo, con la cabeza humillada, su pelo cayéndole sobre los hombros, las manos cruzadas a su espalda, en una postura de completa sumisión.
Esa imagen, que debía haber aplacado mi furia, solo hizo incrementar mi deseo. Cerré la puerta, y acercándome a ella la levanté bruscamente mientras le decía:

 - Eres una pecadora. Una puta indecente. Una perdida.

 - Si padre – dijo ella. Lo soy -

¿Lo admites? ¿lo admites sin recato?

 - Si Padre, lo admito

 - Pues has de ser castigada para obtener el perdón de tus pecados, duramente castigada.

 Levantándola bruscamente, la arrastré hasta una vieja mesa que allí estaba apoyada contra la pared, y apoyando su cabeza y su pecho sobre la tabla de la mesa, la dejé así,

 en esa incomoda postura, intentando que la sangre que se acumulaba en mi cabeza, me permitiera pensar. La visión de esa mujer pecadora y lujuriosa, con su precioso culo a mi merced, con su actitud sumisa y suplicante, solo hacia que incrementar mis deseos de poseerla. Pero era su padre espiritual, y ella era mi sierva. Tenía que salvarla, que curarla… que redimirla. Sin darme apenas cuenta de lo que hacía, me quité el cinturón que sujetaba mi pantalón bajo la sotana, y acercándome a ella le dije:

 - ¿Estas dispuesta a purgar tus pecados?

 - Si padre, lo estoy

 - ¿Con el método que yo decida? -

Si padre. Soy su sierva. Haga de mi lo desee.

- Perra pecadora....


Y sin pensarlo, le levanté el vestido hasta colocárselo sobre la espalda, y le bajé sus braguitas blancas de encaje hasta los tobillos.

 La hermosura de su culo respingón me conmovió. La visión de su sexo abierto, húmedo, rezumante, me excitó. Su respiración agitada, anhelante, me estimuló.

 Apartándome un poco de ella, tomé el cinturón con fuerza con mi mano derecha y la azoté por primera vez.

 Mamen soltó un leve grito de dolor, pero inmediatamente la vi morderse los labios para intentar no volver a quejarse.

Su actitud sumisa, a mi me parecía una clara muestra de orgullo y eso, lejos de calmar mi ira, la incrementaba por momentos.

 Los azotes con mi cinturón sobre su blanca carne se sucedían uno tras otro, y pronto su hermoso culo adquirió un tono rojizo que no hacía sino incrementar mi deseo. Las marcas de mis azotes se veían nítidas sobre su piel. Su cuerpo se contraía a cada golpe, pero ni una sola queja se escapaba de sus trémulos labios. Tan solo leves gemidos que, no sabia decir si eran de dolor o de placer.

 Mi respiración era cada vez más fatigada, fruto del esfuerzo físico, y mi sexo estaba duro y tenso bajo mi sotana.

 Su cuerpo, agotado, yacía sobre la mesa, y pequeñas lágrimas corrían por su mejilla.

 Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, y su cara mostraba paz y serenidad.

 Ella estaba en paz y yo me sentía presa de la lujuria, del deseo, presa de mis culpas, de mi dolor.

 Ella era la tentación, el demonio, el diablo en persona que había venido a mortificarme.

Sabia que debía resistir, sabía que debía vencer la tentación, sabía que era mi obligación no caer en manos del mal…

 Lo sabia, lo sabia perfectamente, y me lo decía a mi mismo, con entrecortadas palabras… mientras ya puesto detrás de ella, con los pantalones en el suelo y la sotana levantada, entraba con mi polla dura y mojada, en su hinchado sexo, que me recibió, húmedo y calido, palpitando de placer.

Agarrándola por las caderas con mis manos, la atraje hacia mi y comencé a poseerla de una manera alocada, salvaje, brutal casi, entrando y saliendo de su coño una y otra vez, follándome a esa puta pecadora que mojaba con su flujos mi dura polla. Sus gemidos de placer me enervaban, el movimiento de sus caderas, apretándose contra mí, me volvía loco de placer. Yo me follaba su coño a la vez q mis manos azotaban sus calientes nalgas, doloridas aun por la acción de mi cinto.

 Nuestros movimientos eran convulsos, desesperados, animales… hasta que sentí como Mamen comenzaba a agitarse espasmódicamente, retorciéndose y aprentándose contra mi, cerrando sus piernas, y mordiéndose los labios para no gritar. Evidentemente se estaba corriendo de gusto, y eso hizo que el placer también acudiera ami, de una manera tan rápida y fulminante, que apenas tuve tiempo de sacar mi miembro de su coño, y agarrándolo firmemente, correrme en oleadas de leche espesa, tibia y pegajosa, que mojaron sus piernas, su coño, su culo, y el vestido que aun, y milagrosamente, estaba sobre su espalda.

 Después de haberme vaciado completamente sobre ella, caí agotado sobre unos viejos sacos que había en el suelo. Ella permaneció aun allí, en la misma postura, mostrándose impúdica a mi mirada, que ya empezaba a estar presa de la culpa por lo que había hecho.

Simplemente esperaba que ella se diera la vuelta y se liara a voces conmigo, acusándome de haberla violado, de haberme aprovechado de mi condición de rector espiritual para llevarla al camino del pecado y del infierno.

 Esperaba ansioso sus gritos, sus reproches, sus miedos… su asco… pero al levantarse y darse la vuelta, lo que vi en su mirada no era nada de eso, sino el brillo de la satisfacción carnal y de la mas absoluta de las lujurias.

 - Padre, he pecado, me dijo.

 Mi mirada de incredulidad no pareció desanimarla.

- Padre, he pecado… y tendrá usted que confesarme de nuevo; quiero que vuelva usted a castigar mi cuerpo para liberar mi alma…

 No podía creérmelo. La muy zorra me estaba pidiendo que volviéramos a hacerlo. Era increíble, pecaminoso, indecente… y sin embargo mi cuerpo ya reaccionaba de nuevo ante su invitación.


- Eres una puta, le dije sin poder mirarla a los ojos.

- No Padre, no soy una puta… soy Su puta, Su sierva, Su esclava… y seguiré siéndolo eternamente. Y sin decir nada más, y sin ni siquiera pararse a limpiarse mi semen que aun le corría por las piernas, se subió sus braguitas, se bajo su vestido azul, manchado con mi leche, e inclinándose servicialmente ante mi, abrió la puerta y se fue, dejándome asombrado, impresionado, y ante todo y sobre todo… completamente excitado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario