miércoles, 31 de octubre de 2012

SEXUALIDAD EN LA ÉPOCA ROMANA

Bustuariae 

La Antigua Roma siempre fue hospitalaria con las prostitutas. Ninguna otra cultura, antes o después, albergó tantas distinciones y matices para el oficio más antiguo del mundo.


Para el año 1 d.C. existían alrededor de 32.000 prostitutas registradas en la ciudad de Roma. Entre ellas estaban las Meretrices, las únicas en pagar impuesto por su tarea; las Prostibulae, que ofrecían sus servicios donde podían, las Delicatae, escorts de alta categoría, accesibles únicamente para hombres de posición acomodada; las Famosae, mujeres pertenecientes a las familias patricias que, por necesidad o placer, se ganaban la vida como amantes, entre ellas Julia, hija de Augusto; las Ambulatae, damas que trabajaban en la calle, las Lupae, furtivas prostitutas de los bosques, y, finalmente, las más enigmáticas de todas, las Bustuariae.




Genéricamente se las llamaba Noctilucae, las "polillas nocturnas", mujeres de rasgos particulares, pálidas y estilizadas, que deambulaban por las tumbas en busca de clientes especialmente perversos. Las Noctilucae estaban divididas en dos categorías igualmente inquietantes: las Diabolariae, damas que ofrecían sus servicios en los lugares más imprevisibles, callejones, galpones y baños públicos; y las Bustuariae, las prostitutas de los cementerios.


Séneca menciona de pasada las actividades nocturnas de las Bustuariae, quizás para que no se lo acuse de ser un cliente habitual. Estas mujeres, declara, recorren los cementerios durante la noche, y ofrecen su cuerpo incluso sobre las tumbas y lápidas, además de otros servicios inconfesables.



Las Bustuariae, tal como acusa Séneca, practicaban la prostitución en los cementerios, pero no por placer, sino por la simple razón de que durante el día trabajaban allí como lloronas, esto es, mujeres contratadas para llorar en los entierros, por lo cual conocían perfectamente la geografía extraña y sinuosa de los cementerios romanos; además de esto, y por una errata judicial, en los cementerios no aplicaba la Ordenanza de Opio, ley que prohibía a las prostitutas realizar ciertas acrobacias indecentes en lugares públicos.



Ahora bien, toda oferta proviene de una demanda, y en el caso de las Bustuariae la principal demanda provenía de los deudos a quienes acompañaban en sus lamentos mortuorios. Marco Valerio Marcial señala que muchos viudos, luego de enterrar a sus esposas, se entregaban obsesivamente a las Bustuariae, ya que estas ejercían una especie de encantamiento lacrimoso, una suerte de llanto sensual, acompañado de gemidos y lamentos guturales, que al parecer resucitaban la lujuria de estos desdichados deudos.




Existen varias leyendas oscuras sobre las Bustuariae que las relacionan con fantasías escandalosas, hombres que les pagaban fortunas para que simulen estar muertas, e interactuar sexualmente con ellos incluso sobre la tierra húmeda de las tumbas. Licia, una de las poquísimas Bustuariae que ha trascendido el ámbito prostibulario, alcanzó cierta fama entre las clases altas por atender a sus clientes en los sepulcros y mausoleos de personajes importantes, políticos y generales, ámbito en el que concretaba las fantasías más oscuras de sus parroquianos.



Se dice que las Bustuariae eran parte de una cofradía selecta. Todas ellas compartían una palidez sepulcral, movimientos lentos y acompasados, y una mirada capaz de helar el corazón más intrépido. Marcial, de hecho, apunta con horror la leyenda de Nuctina, la Bustuariae más siniestra de todas.

Los servicios de Nuctina costaban dos áureos (dos monedas de oro); y si alguien veía sus facciones lívidas, perfectas, rápidamente aceptaba ese precio con tal de poseerla. Se dice que luego del sexo, Nuctina se colocaba las dos monedas de oro sobre los párpados cerrados, y acto seguido se introducía en su tumba, sitio sobre el que el asombrado cliente podía advertir una lápida con su propio nombre.


Estos hombres pagaban con su alma el cuerpo de Nuctina, precio que, en opinión de Marcial, no era excesivo.


La prostitución en la Antigua Roma


En Roma la prostitución era algo habitual. Las prostitutas tenían que llevar vestimentas diferentes, tenían que teñirse el cabello o llevar puesta una peluca amarilla e inscribirse en un registro municipal el cual contaba con 32,000 prostitutas inscritas. Había varios tipos de prostitutas los cuales eran:


  • Prostituta: era la que entregaba su cuerpo a quien ella quería. 
  • Pala: aceptaba a cualquiera que pudiera pagar el precio demandado. 
  • Meretrix: era la que se ganaba la vida por si misma sin ningún intermediario. 
  • Prostibulae: ejercía donde podía sin pagar impuestos. 
  • Ambulatarae: trabajaba en la calle o en el circo. 
  • Lupae: ocupaban los bosques cercanos de la cuidad.
  • Bustuariae: ejercía en los cementerios. 

Además de esas siete ya mencionadas estaba la categoría más alta de las prostitutas llamadas delicatae, que contaban entre sus clientes a senadores o generales. Por último existía en prostituto, eran hombres que esperaban en las esquinas de los baños a mujeres que solicitaran sus servicios.

Un día de putas… en la antigua Roma.



Ahora ya nunca podrás decir que no has estado en un lupanar… en la casa de Arvina.
En cambio, sí que me quedó marcada la primera vez que yací a solas con una mujer. Fue poco después del primer y desastroso envite. Que congoja pasé. Un tarde ociosa de verano nos juntamos a la sombra de los soportales del Foro mi amigo Labieno, Emilio y yo con mi hermano Lucio, que nos sacaba dos años, y uno de sus compinches de farra, un tal Publio Quintilio Albo, un chaparro y rubio hijo de inmigrantes galos. El caso es que mi hermano y su colega nos convencieron sin demasiada presión para que fuésemos todos juntos a un lupanar fuera de los muros. Aquel burdel de renombre estaba cerca del puente del molino y era casa de muy mala fama en los círculos sociales valentinos. Su maléfica notoriedad venía dada porque más de un casto e impoluto magistrado era cliente habitual de aquella villa misteriosa.


Era una amplia domus de varios passuum de fachada, sin ventanas y con un portalón de estrecha mirilla en medio de un cuidado huerto de acelgas y lechugas. Después de tocar mi hermano dos veces la aldaba y decirle una frase ininteligible al esclavo que se asomó por el ventanuco, los goznes del portalón chirriaron quedamente y pasamos al vestíbulo. Una estatua de tamaño natural de Venus, diosa de estas ocupaciones, presidía la sala. El timorato y afeitado sirviente nos llevó hacia el soportal del atrio, el lugar más fresco de la casa en el que varios bancos estaban dispuestos para recibir a los clientes. Nos acomodamos en los mullidos asientos. El porche estaba decorado con maceteros de terracota con setos de murta decorados con relieves geométricos y sus paredes encarnadas exhibían explícitos frescos de amantes en plena faena. Me quedé abobado pasando la vista de fresco en fresco viendo las diferentes poses de las parejas allí representadas. Al momento una esclava muy sugerente nos ofreció una jarra de vino fresco muy rebajado que no pudimos rechazar. Un grupito de tres chiquillas se colocó en una esquina portando arpas, címbalos y flautas y comenzó a entonar melodías. Eran muy jovencitas para la profesión. Seguramente la dueña de la casa de lenocinio las habría comprado recientemente para ir preparándolas en las artes amatorias. Además, en toda variada clientela siempre encuentras algún vicioso con una buena bolsa de ases arsetanos dispuesto a vaciarla sin ningún reparo con tal de estrenar jovencitos. Mientras la linda muchacha, peinada con arte y perfumada en abundancia, escanciaba el contenido de su vasija apareció una gruesa matrona ya entrada en años, de rotundos pechos surcados por venas y compleja peluca cobriza, que nos dio su más efusivo recibimiento. Me parecía increíble cómo no tenía descolgados semejantes pechos tan redondos y amenazantes. Tiempo después descubrí el truco del strophium(el primer “cruzado mágico” de la Historia; consistía en unas tiras de cuero suave que realzaban el busto femenino. También se usaban las mamillare, una especie de faja que sostenía los senos) al gozar de los encantos de una de sus pupilas que iba tan bien armada como su señora.


  • ¡Bienvenidos a la casa de Servia Vitruvia Arvina! Pero, por la casta y pura Vesta, ¡Que ven mis ojos! Cinco muchachotes estupendos – dijo la oronda alcahueta repasando con su mirada de batracio al grupo entero – Estoy seguro que alguno de vosotros sois nuevos en mi casa… ¿Qué podría ofreceros para deleitar vuestros sentidos?
  • Muéstranos tu oferta, querida Arvina. Me han hablado muy bien del género de tu casa – le respondió el compinche de mi hermano –
  • Así es, jovencito. Tengo verdaderas maravillas. Este no es uno de esos prostíbulos infectos del puerto de Saguntum, es una reservada casa de citas para clientes selectos… ¡Atelo! Castrado perezoso… Vamos, a qué esperas, pasa estos clientes a los triclinios – le regañó al esclavo que nos había atendido tras darle un coscorrón. Después dio dos sonoras palmas y se colocó bien la prieta y sólida túnica faja que soportaba el peso de su inmenso busto –
  • Como deseéis, Dómina – respondió sumiso el enjuto individuo dirigiéndose con toda celeridad hacia una de las estancias del atrio –

Al instante aparecieron desde varios de los cubículos adyacentes una nutrida variedad de jovencitas y jovencitos. Ellas, unas muy jóvenes y otras ya maduritas, iban vestidas con finísimos peplos de lino setabense, estaban maquilladas con todo tipo de exóticos bálsamos y alguna que otra tenía teñido el cabello con pasta de sebo y ceniza. Aquellos insinuantes y sugerentes vestidos dejaban translucir las areolas coloreadas que coronaban sus tersos bustos y los ensortijados encantos de sus entrepiernas. Los tres efebos barbilampiños lucían sus cuerpos juveniles untados en aceites aromáticos y cubrían sus miembros con un escueto y simple taparrabos. Aquellas mujeres no parecían forzadas, pues en el complejo mundo de la prostitución las hay de todos tipos, de las que no pueden elegir y de las que elige bien a sus amantes de pago. En aquel caso supe después que muchas de aquellas espléndidas féminas le pagaban un jugoso porcentaje a la dueña de la casa por trabajar discretamente con personajes conocidos e influyentes en la comodidad de un lecho cálido y mullido.
El acicalado grupo de profesionales del amor se fue paseando entre los bancos, acariciándonos, sonriendo y provocando nuestra ya irrefrenable lujuria. Una de aquellas tremendas hembras, una esbelta morena de larga cabellera que emanaba un embriagador aroma a jazmín persa, se dirigió hacia mí, barrió mi rostro con su fragante melena a la vez que introducía su hábil mano bajo de mi túnica. Fue la que más me impactó. Y no menosprecio al resto de jovencitas y no tan jovencitas, a ver cuál más apetecible, pero la primera impresión me marcó la decisión. Tenía aún sus bronceadas carnes prietas, pues no sería mayor que yo, unos glúteos redondos y respingones más duros que las Columnas de Hércules y unos pechos puntiagudos y tiesos como odres llenos. La elegí a ella.
Mi hermano negoció en grupo con la mofletuda y pintarrajeada Arvina el coste de los servicios de su apetitosa mercancía, cerrándolo en cincuenta monedas de plata por una hora de amancebamiento. La muchachita morena que tanto me gustaba me cogió de la mano y me llevó a su cubículo, un pequeño y encarnado habitáculo en el peristilo en el que un taburete y un camastro eran sus únicos muebles. Sobre el dintel de la puerta había un expresivo grabado de una amazona cabalgando sobre un tipo recostado en un diván. En aquel momento no le presté atención pero con el tiempo descubrí que cada una de aquellas mujeres indicaba explícitamente en su puerta su especialidad. Y cada uno de aquellos servicios tenía su coste prefijado pues no es lo mismo una simple masturbación manual que una felación completa, y más teniendo en cuenta la escueta higiene, por llamarla de alguna manera, de ciertos clientes habituales de la casa.


La chica me condujo a su nido de placeres. Una lucerna de cuatro bocas sobre el taburete era la única iluminación de aquella pequeña estancia. Corrió las cortinas de arpillera rallada que cerraban la puerta y me llevó hacia el catre. Con un movimiento cadencioso y pausado se arremangó el vestido desde las pantorrillas sacándolo por encima de su cabeza, mostrando paulatinamente en toda su plenitud su excelsa desnudez. Tenía unos grandes ojos del color de la miel y un pelo moreno y ondulado que caía en tirabuzones sobre sus duros pechos. Bajé un momento la mirada y comprobé como mi erecto miembro ya se marcaba, y manchaba, en la túnica. Recuerdo que sudaba como un galeote, no por el calor húmedo y pesado de la pequeña habitación sino excitado por la inminencia del roce de nuestros cuerpos… y a la vez me sentía temeroso de no dar la talla ante aquella joven experta. A pesar de su corta edad la muchacha sabía muy bien lo que se hacía. Me susurró un par de bonitos piropos al oído, me quitó la empapada túnica con suavidad y me tumbó boca arriba en su camastro. Un relájate y un beso profundo en la frente me dejaron más tranquilo. Fue entonces cuando la lozana profesional del lenocinio se colocó sobre mí, introduciéndose mi hinchado apéndice en su rizado secreto y oscilando su moldeado cuerpo sobre mí. No soy capaz de evaluar cuanto tiempo pude contener mi semilla, pero pienso que sería más bien poco puesto que sólo de la excitación ya estaba más que preparado. Aprisioné sus nalgas entre mis manos intentando alcanzar con la boca uno de sus oscuros y enhiestos pezones. Al ver la contracción de placer de mi cara la muchacha apretó su ritmo desenfrenadamente, oprimiendo mi miembro con sus pétreas nalgas en una intensa fricción y desencadenando en mí el efecto deseado.
Cuando salí del cubículo, sudado, envanecido y más satisfecho que un general durante un Triunfo (el mayor honor que le concedía el Senado a un general después de una campaña victoriosa), coincidí con el resto de amigos que también habían cumplido holgadamente con su propósito. Me chocó ver a Labieno, siempre luciendo músculos en las salas de ejercicios de las termas, salir de una de las estancias junto a uno de los efebos imberbes. Que peligroso descubrimiento nos enseñó aquella cálida tarde mi pícaro hermano. No fue la única vez que acudimos a aplacar la presión de la entrepierna en la discreta y selecta casa de Arvina. Tiempo después me enteré gracias a una conversación cruzada en las letrinas de las termas de que aquella gorda matrona había ejercido el oficio más viejo del mundo hacía años en varios lupanares de Arse hasta que un tal Sexto Vitruvio Arvino, un tipo poco agraciado y menos aún sociable que llegó a ser pontífice de Júpiter en la ciudad durante muchos años, se encaprichó de sus grandes tetas y se la compró a su dueño. Al morir hace pocos años aquel pobre infeliz, Arvina, – manumisa y heredera de una discreta fortuna – conocedora de la gestión del pingüe negocio, cambió de residencia para evitar habladurías y se montó su propia mancebía de lujo en la nueva colonia.


Como advertencia he de decir que afronté este estudio dentro de una clave de humor dado lo jocoso que puede resultar el sexo, sin la pretensión de herir susceptibilidades de nadie y siendo en todo momento espontáneo en el comentario de ciertas recetas, en definitiva he mostrado, en todo momento, mi pensamiento sin intencionalidad malsana. Ahora les invito a leer algo que la mayoría de las personas ni podían imaginar, todo sobre los problemas del sexo de los romanos y que no se atrevía a preguntar, que todo no iban a ser orgías como vemos en las películas.
 
Desde que los seres humanos fueron conscientes de la importancia de la alimentación y convirtieron el acto de nutrirse, por necesidad biológica, en un placer, siempre buscaron entre los componentes que cocinaban el sentido mágico y medicinal de ellos, al observar las digestiones que les hacían sentirse bien o mal dependiendo de las personas.
La literatura médica de la antigüedad se basa casi exclusivamente en los humores y el temperamento de las personas, a las que le correspondían un tipo de alimento determinado dependiendo de su complexión o el carácter.
Entre los cientos de libros escritos por nuestros antepasados me detendré en esta ocasión en el escrito por Gayo Plinio Secundo, nacido en Como (Italia) en el año 23 d.C. y muerto durante la erupción del Vesubio en el año 79, titulado 'Historia Natural' compuesto en total por 37 libros que podemos definir como la primera enciclopedia de la naturaleza.
Independientemente a las miles de observaciones de todos los animales y plantas conocidas en la época también contiene un importantísimo espacio dedicado a las enfermedades y otras materias relacionadas con la salud y dentro de este apartado una serie de indicaciones y recetas para combatir los males del cuerpo y deficiencias sexuales, que por la importancia que tiene, tras estos dos mil años que nos separa, he creído esencial transcribir.
No todos los remedios se basan en la alimentación, aunque sí en productos naturales e incluso algunos mágicos y que hoy nos pueden parecer sorprendentes. Esta forma de observar la naturaleza, que se basaba en aciertos más errores, nos puede llevar a comprender muchas cosas de la cosmética y la medicina moderna, incluso nos puede hacer recapacitar en esas fórmulas magistrales, las cuales, algunas sólo, podrían comercializarse hoy día y que incluso serían más lógicas que muchas de las que el mercado actual nos ofrece hechas con placenta, colágeno de peces o baba de caracol, entre otras porquerías.
 
Tendríamos que comenzar sabiendo que era para Plinio el sexo, como se asimilaba dentro de la moral romana, para entender, aunque sólo sea en parte, el sentido de este tratado que nos ocupa. Para ello en su libro X-171 hace una primera definición sobre la sexualidad, donde por cierto sólo se centraba en los hombres en lo relativo al placer, dejando a las mujeres el papel meramente reproductivo, aunque es cierto que también hay muchos remedios 'medicinales' relacionados con la ginecología y la obstetricia.
Volviendo al libro X, apartado 171, del que he hecho referencia, nos dice algo que debe  de hacernos pensar que muchos hombres de entonces padecían de fimosis ya que cuenta: "Sólo el hombre le causa dolor el primer coito, como presagio de la vida, desde su comienzo, conlleva dolor". Para continuar hablando de la estacionalidad de las relaciones sexuales de los animales y del celo permanente del hombre que puede hacerlo a cualquier hora del día o noche y la sensación de insatisfacción de los humanos en el lecho.
Es curiosa la referencia que hace en su libro X, apartado 172, desde ahora X-172, donde cuenta los vicios de Mesalina, esposa del emperador Claudio, la cual compitió con la más famosa meretriz romana sobre cual de ellas mantendría más relaciones sexuales en un día con los hombres y de como ganó la esposa del emperador al yacer con VEINTICINCO hombres en veinticuatro horas, todo un record que le debió dejar escocidos los bajos durante un buen tiempo, aunque, eso sí, con los ojos en blanco de tanto disfrutar.
Continúa diciendo que en la especie humana los machos tienen desviaciones sexuales, las cuales considera aberraciones de la naturaleza, en cambio las hembras sólo tienen abortos, este hombre no aprendía despues de conocer lo de Mesalina y piensa que las mujeres son un trozo de carne.
Termina este apartado diciendo que los hombres sienten un deseo sexual más fuerte en invierno y las mujer, por contra, en verano, algo que nunca había comprobado en carne propia, yo pensaba que el clima no afectaba, según que sexo, a los deseos, incluso en verano, al ir las mujeres más desvestidas, los hombres están más excitados.
Una vez hechas estas aclaraciones y declaraciones de Plinio sobre el sexo es hora de adentrarnos en el proceloso mundo de los remedios medicinales para, por ejemplo, tener unas buenas erecciones con las que satisfacer los sentidos de los romanos. Y como la humanidad siempre fue igual, con los mismos deseos y carencias; entonces qué mejor que indagar en lo referente a los productos que estimulaban los penes o lo que es lo mismo: conocer de que estaba compuesto el Viagra de la antigüedad.
En primer lugar encontramos los remedios caseros, después los puramente psicológicos y para terminar los 'científicos', ya que como se sabe el sexo nace de un estímulo cerebral que transmite la orden al pene, aunque algunos piensen que es al contrario, pero hablar de este tipo de personas nos llevaría a otros mundos que entran más en el campo de la psiquiatría.
 
Para los romanos y romanas debía ser divertido, si conocían el mundo de los amuletos, el ver a su amigo, vecino o desconocido con uno de ellos, sobre todo si este estaba relacionado con el sexo, como por ejemplo este remedio que debía llevarse en una bolsa y que dice en su libro XXVIII-88 lo siguiente: "Llevar atada como amuleto la parte derecha de la trompa con tierra roja de Lemnos es un afrodisíaco", enigmática frase si antes no se lee en que consistía el 'truco'. En este lugar se estudia todo lo referente a las propiedades medicinales que podía ofrecer el elefante, entre las que se encontraban la de mezclar limaduras de marfil con miel del Ática para quitar las impurezas de la piel o simplemente aplicando el polvo de marfil directamente para curar el panizo. Igualmente comenta que tocando la trompa del elefante se pasa el dolor de cabeza, más eficazmente si en ese momento está estornudando, remedio casero complicado ya que se me hace difícil imaginar la llegada del romano a casa y decirle a su mujer: 'Traigo un dolor de cabeza tremendo, no te importaría traerme el elefante?'. Termina este apartado diciendo que la sangre de este animal viene bien a los enfermos de consunción y su hígado a los epilépticos.
Otro amuleto que recomienda en su libro XXVIII-107 como afrodisíaco, por raro que parezca, es el de atarse en el brazo derecho los dientes de la mandíbula derecha de un cocodrilo del Nilo.
Pero si creyó haber leído todo sobre la magia de los romanos en el terreno sexual se equivoca porque en su libro XXX-141 da los siguientes consejos, que por cierto no son los más fantasiosos como leeremos más adelante: "Un lagarto ahogado en la orina de un hombre inhibe el deseo sexual del que lo ha matado; en efecto, los magos lo cuentan entre los filtros amorosos". Continúa con los inhibidores sexuales diciendo que los excrementos del caracol y de paloma tomados con aceite y vino también sirven para tal fin. Y como traca final de este capítulo no se pierda lo que sigue: "La parte derecha de un pulmón de buitre, colgada como amuleto en una piel de grulla, excita el deseo sexual del hombre; igual que si se toma a sorbos, con miel, yema de cinco huevos de paloma, mezclados con un denario de grasa de cerdo; o se toman en la comida gorriones o sus huevos; o se cuelga como amuleto, en una piel de carnero, el testículo derecho de un gallo".
Pero si lo que desea es llegar al paroxismo en el terreno sexual, si lo que quiere es montarse una orgía de esas que no se olvidan, en donde, como vulgarmente se dice: 'corre el vino y las mujeres', sin ser mal pensado e imaginar que las féminas corren buscando la puerta de la calle para largarse, no se pierda esta receta que ya entra dentro no de la magia sino del afrodisíaco echo casi en laboratorio y que está contenido en su libro XXVIII-122: "Son también exóticos los caracales (ojo no confundir con los caracoles porque así no sale), que tienen la vista más aguda de todos los cuadrúpedos. En la isla Cárpatos cuentan que quemar todas sus garras con la piel es muy eficaz. Beber esta ceniza inhibe la conducta impúdica de los hombres y rociarse con ella, el deseo sexual de las mujeres".
En su libro XXVIII-261 nos da una relación de afrodisíacos en general que son buenos saberlos por si alguna vez nos pudieran hacer falta y que son el usar la hiel de jabalí como linimento; la médula de cerdo bebida; el sebo de burro con grasa de ganso macho untada como linimento. Pero según va cogiendo confianza con el lector este hombre nos cuenta que lo mejor de lo mejor, haciendo mención a otros autores, en este caso a Virgilio, el cual, según cuenta, que escribe en sus Geórgicas, lo que podemos considerar la panacea en esto del sexo: "El líquido procedente del coito del caballo y los testículos de caballo secos para que puedan ser diluidos en la bebida; el testículo derecho de un burro bebido en una dosis proporcional de vino o atado en un brazalete". Para terminar con otra recomendación de Ostanes en la que dice que lo mejor es tomar la espuma, procedente del coito recogida en una tela roja y metida en plata, de un burro.
Otros afrodisíacos procedentes del burro, animal famoso por su miembro viril, es el sumergir los testículos en aceite hirviendo, me refiero a los del burro y no los del hombre que necesita dicho afrodisíaco, siete veces y despues untar con ellos las partes pudendas del paciente, según recoge de otra recomendación de Salpe. De Dalión recoge que se debe de beber la ceniza de los testículos del burro, pobre animal, o beber la orina de toro después del coito de este y se aplique en linimento con su propio lodo al pubis. Eso sí, dice que "pero al contrario, es un antiafrodisíaco para los hombres el linimento de excremento de toro" (libro XXVIII-262).
 
Si a estas alturas del artículo sigue con ganas de tener sexo, no se preocupe que todavía quedan muchos remedios por descubrir y que eran experimentados por los romanos, yo me planteo a estas alturas si es cierto ese dicho de 'que cualquier tiempo pasado fue mejor'.
Pero si Vd. lector es de esos que aborrecen las relaciones sexuales con las mujeres le advierto que Plinio tiene el remedio contra ello con esta fórmula magistral: Tome los genitales de un ciervo con miel y le asegura que ya no podrá resistirse al sexo contrario. También esta fórmula, contenida en su libro XXVIII-98, con ciertas variantes pude servir para que una mujer no aborte, eso sí debe de atarse al cuello la carne blanca del pecho de la hiena, siete pelos y los genitales del ciervo, colgando de piel de gacela.
También es posible que su fémina le atosigue y le reclame su deber conyugal más de lo que su cuerpo puede responder, sin tener que recurrir a un amigo que le ayude en esas delicadas tareas, para lo cual, y según recoge de otra recomendación de Ostanes, libro XXVIIII-256, se puede solucionar frotándole a la mujer en la zona lumbar sangre de una garrapata de un buey negro salvaje, lo que le produce hastío de los placeres amorosos. Otro remedio que propone es darle a beber orina de macho cabrío pero con nardo para evitar la repugnancia; repugnancia que tendrá por Vd. y que, por poco lista que sea, intentará solucionar sus ardores uterinos con el repartidor de bombonas de butano, con el dependiente del supermercado o con el primer hombre que muestre ser menos imbecil y más potente en esto del coito.
Si alguna vez sale de copas con los amigos y, cosas de los que beben, se le ocurre miccionar en la calle tenga mucho cuidado donde lo hace, ya que si se le ocurre orinar sobre otra de perro se volverá reacio al sexo y entonces tendría que aplicar el remedio del párrafo anterior a su pareja, todo un lío. Esta recomendación incluida en su libro XXX-143 se complementa con lo siguiente: "Cosas asombrosas, si son ciertas, se dicen también sobre la ceniza de salamanquesa: envuelta en un paño, en la mano izquierda, estimula el deseo sexual y las inhibe, si se pasa a la mano derecha; asimismo estimula la libido un hilo, impregnado con sangre de murciélago y colocado bajo la cabeza de las mujeres, o la lengua de oca, tomada en la comida o en brebaje".
En su libro XXXII-139 sigue con lo mismo pero con distintos componentes, que remedios tenía un montón Plinio: "La rémora, la piel de la parte izquierda de la frente del hipopótamo, envuelta en piel de cordero, y la hiel de la tembladera viva aplicada a los genitales, inhiben el impulso amoroso. Lo aumentan la carne de caracoles de río preservada en sal y administrada con vino, el comer erytini, el llevar como amuleto el hígado de rana diopetes o calamites envuelto en una piel de grulla, o una muela de cocodrilo atada al antebrazo, o un caballo de mar, o tendones de rana rubeta atados al brazo derecho", para terminar dándonos el remedio por el que dejaremos de estar enamorados: "Se acaba con el amor llevando colgada del cuello una rana rubeta envuelta en una piel fresca de oveja".   
 
Y ahora llegamos al verdadero remedio contra la impotencia, el elixir sexual por excelencia, el Viagra de los romanos, el remedio rotundo para muchos hombres y que parece ser tiene algo de veracidad; me refiero a un producto que se obtenía del escinco, un reptil procedente del Nilo, y del que dice que es más pequeño que la mangosta y que en ciertas partes del libro lo confunde con el cocodrilo terrestre. Sobre este animal, el escinco, habla en varios lugares de sus libros y le da mucha importancia por lo benefactora que es su carne en otros muchos remedios fuera del terreno sexual, por ejemplo contra los venenos. Cuenta que era importando a Roma conservados en sal y en su libro XXVIII-119 nos da la fórmula para su preparación y comercialización en pastillas: "Su hocico y patas bebidos en vino blanco son afrodisíacos, especialmente con satirión (un tipo de orquídea 'orchismorio L.' o una bulbosa 'Fritillaria graeca L.') y semilla de jaramago, mezclando una dracma de cada ingrediente con dos de pimienta; las pastillas así obtenidas, de una dracma cada una, deben de ser bebidas". Continúa en el mismo libro, apartado siguiente, con otra fórmula, mejor aún que la anterior, si se prepara tomando la carne de los flancos en la proporción de dos óbolos, con igual medida de mirra y pimienta y se bebe. Terminar diciendo que el jugo del animal, cocido y tomado con miel, inhibe el deseo sexual.
Claro está que después de todas estas recomendaciones, y a falta de anticonceptivos, lo normal era que la mujer se quedara embarazada o por mala suerte se pillara alguna que otra enfermedad de esas llamada venéreas, para lo cual tenía también remedios, algunos muy ingeniosos.
Para aquellos que insistían en el coito y tenían deseos de ser padres sin conseguirlo proponía los siguientes remedios, téngase en cuenta que todavía no estaba inventada la fecundación 'in vitro': Libro XXVIII-97. "La esterilidad femenina se corregirá comiendo un ojo de hiena con regaliz y eneldo: está garantizada la concepción en un plazo de tres días". En su libro XXX-142 dice: "Hacen que se queden embarazadas las mujeres, en contra de su voluntad, las crines de cola de mula, si se arrancan durante la monta y se anudan en el transcurso del coito humano". En este mismo apartado, dando por hecho el embarazo, da la fórmula para que no se aborte de la siguiente forma: "Las friegas con ceniza de ibis y grasa de oca y aceite de iris mantienen el feto en el útero; por el contrario, dicen que se inhibe el deseo sexual con los testículos de un gallo de pelea frotados con grasa de oca y colgados como amuleto en una piel de carnero; igual que con los de cualquier clase de gallo, si se colocan debajo del lecho con la sangre del animal". También el el libro XXX-124 da este consejo: "La ceniza de erizos, ungida con aceite, protege el parto contra los abortos".
El parto, ese momento doloroso y feliz de las mujeres, se atenúa con recetas como esta, incluída en el libro XXX-124: "Dan a luz más fácilmente las que han bebido excrementos de oca en dos ciatos de agua o las secreciones que fluyen de la matriz de la comadreja por la vulva"
De todos es sabido la degradación de los pechos de las mujeres tras el parto y el amamantamiento de los hijos y como es lógico también Plinio nos da remedios, como el que se puede leer en su libro XXX-124: "Los excrementos de ratón, diluidos en agua de lluvia, restablecen las mamas de las mujeres, hinchadas después del parto". Y hablando de tetas nada mejor que lo contenido en el libro XXX-131 donde dice: "Después del parto protege las mamas la grasa de oca, con aceite de rosas y tela de araña. Los frigios y los licaones descubrieron que la grasa de avutarda resulta útil para las mamas dañadas por el puerperio", para continuar más adelante con estas recomendaciones: "La ceniza de cáscara de huevo de perdiz, mezclada con cadmía y cera, conserva los senos firmes. También, según se cree, trazando tres círculos alrededor de ellos con huevo de perdiz no se caen y, si se sorbe el contenido de los huevos, favorece la fecundidad y hasta la abundancia de leche; si se frotan las mamas con grasa de oca disminuyen los dolores y se desprenden las molas del útero; calma el picor vulvar, si se aplica en un linimento con un chinche triturado".
A las que padecían sofocación histérica (entonces se atribuía a una afección uterina) se les aplicaba cucarachas en linimento. 
 
Para terminar, porque pienso dejar aquí este estudio ya que Plinio tiene cientos de consejos relacionados con el sexo, daré un pequeño repaso a los medicamentos destinados a calmar las infecciones de los genitales, por si lo necesita tras la lectura de estas recetas y que a mi me dejaron tan perplejo en muchos de sus pasajes.
Habla de un compuesto, que bien podría manufacturarse de nuevo, llamado esipo, que se obtenía tras la cocción a fuego lento, en caldero de cobre,  de la mugre y la grasa de lana de oveja. La grasa que flota o nada en la superficie del caldero es muy rica en lanilina, estearina y oleína, la cual se lavaba en agua fría y se colaba por un paño y después se guardaba dentro de una cajita de estaño. Esta grasa mezclada con otra de oca se utilizaba para curar las úlceras de los ojos, las de la boca y los genitales, independientemente de remediar las inflamaciones de la matriz, las fisuras anales y los condilomas (excrescencia similar a una verruga, en particular en la zona genital o anal) si se mezclaba con meliloto y mantequilla.
Otra utilidad que tenían los vellones de oveja, una vez limpios, era el aplicarlos directamente, añadiéndole azufre, a la zona afectada por dolores internos y su ceniza estaba recomendada para las dolencias genitales (Libro XXIX-37 y 38).
Para saber más sobre el sexo en la dieta puede visitar estos artículo también en nuestra revista: La cocina afrodisíaca y Gastronomía afrodisíaca peruana.
Una vez terminado este estudio me di cuenta que faltaba alguna anotación sobre los anticonceptivos y, dos días después de haberlo escrito, lo sumo a este recetario dedicado a la sexualidad romana para que el lector tenga una idea global del mundo amoroso de hace 2.000 años.
En su libro XXIX-85 nos enseña Plinio, no sin cierta reserva, ya que las mujeres estaban destinadas a la procreación, salvo las dedicadas a la prostitución, el método, según él infalible, para que la preñez no sea obstáculo dentro del matrimonio y así poder disfrutar libremente del sexo, eso sí, una vez que la señora de turno estuviera bien cargadas de retoños (a buenas horas Mangas Verdes, como se dice en España).
En este apartado habla sobre un tipo de arañas en concreto la llamada 'phalangion' por los griegos, tambien conocidas con el nombre de 'lobo'; este tipo de araña le lleva a otra, una tercera especie que tiene el mismo nombre y que es peluda, de cabeza enorme, en cuyo interior, al cortarla, dicen que se encuentran dos gusanitos. Estos gusanitos atados a las mujeres en una piel de ciervo antes de la salida del sol hacen que no conciban, haciéndose eco de un tal Cecilio que lo dejó escrito en sus 'Comentarios' y que sus efectos duran un año.
Termina justificándose ante tamaña osadía de dar esta fórmula contra la fertilidad con estas palabras: "Permítasenos mencionar sólo éste entre todos los métodos anticonceptivos, ya que la fecundidad de algunas mujeres, cargadas de hijos, necesita de tal indulgencia".

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